De cómo sobreviví al Fin del Mundo...
Coordenadas:
22.4.12
7.3.12
En las Trincheras de las Alcantarillas vivía un Hobbit...
¿A quién va usted a creer, a mí o a sus propios ojos?
Groucho Marx
Las Alcantarillas eran el reino de los proscritos y los renegados, de los cobardes, el reino de los olvidados y los imperdonables, donde la única ley que regía era la de no preguntar y encogerse de hombros, y emborracharse. Y estaba llena de gente rota, hecha a retales mal cosidos, gente que se había estropeado por el Camino, o que no tenían ningún otro lugar al que huir. Por ejemplo, Sacha, el nihilista ruso, con ojos de plata oxidada, y sin Palabras; o Charleston, que se había olvidado de cómo hacer bailar al Mundo…
Y Crimea. Crimea vivía en las Trincheras de las Alcantarillas, y soñaba con una guerra que no le dejaba dormir. Todavía creía que los rusos iban a ir a por él (y por eso no soportaba a Sacha), y que su amor perdido volvería para buscarle cuando terminara la guerra.
Nadie en las Alcantarillas tenía el valor para decirle que aquella guerra hacía ya mucho tiempo que había terminado, y que posiblemente poco había que esperar: ni esperanza, ni vida, ni amada. Pero seguramente eso él ya lo sabía, aunque no quisiera creérselo, y creía fervientemente en no creerse nada, excepto las mentiras (para diversión de Sacha).
Sí, Crimea era de los pocos que todavía creían en lo que fuera que no fuera verdad. Porque ante todo, Crimea era un romántico.
5.3.12
Alcantarillas
“Todos estamos en las alcantarillas, pero algunos miramos a las estrellas.”
Oscar Wilde
-Oye, Sacha, hoy puedes ser mi pesadilla si quieres, pero mañana tendrás que buscarte otro trabajo.
La voz le salió rasposa, a duras penas, como si hubiera tenido que ganar mil guerras para salir vencedora de su garganta. Aún le quemaban los dedos del cigarrillo, todavía le olía el pelo a humo. Y mantenía cortante la sonrisa, se la afilaba todas las noches con sarcasmo e ironía.
-Verás, Charles, he sido tantas veces tu pesadilla que me da la impresión de que me he convertido en tu monstruo, y aún no he decidido si me gusta ocupar ese puesto en tu escala social y de valores.
Se rió, no pudo evitarlo, seguramente tampoco quiso hacerlo, porque todos en las Alcantarillas sabían que si algo le faltaba a Charleston, además de la conciencia, eran los valores y las buenas intenciones. Se los había dejado en el camino porque pesaban demasiado, y porque no pegaban con su ropa interior.
-¿Por qué no? Te pega, al fin y al cabo, solo me dejaría destruir por ti.
Mentirosa, pensó Sacha, a Charleston no le hacía falta que la destruyera nadie, sabía hacerlo perfectamente ella solita.